31 de diciembre de 2024

Cinco microficciones de Armando Vega Gil

 

 
Hace poco, después de la cena de Nochebuena, mi querida familia me regaló el libro de cuentos La ciudad de los ojos invisibles (2011), escrito por el genial músico y escritor Armando Vega Gil. Quien fue, por mucho, mi favorito de los tres botellos originales. 

Aunque todos los miembros de Botellita de Jerez son artistas cuya genialidad no se limita al ámbito del guacarock (Arau, por ejemplo, fue cineasta, y el Mastuerzo ha sido showrunner de televisión), el Currucucú (como también se le decía) destacó como un prolífico escritor que cultivó la poesía, el cuento, guion fílmico, la novela autobiográfica (y pacheca), e incluso realizó un cortometraje animado en colaboración con Arau. Al que por las dudas, descargué en caso de que youtube lo baje y corra el riesgo de volverse "lost media".


¡Pero no me desvío! La ciudad de los ojos invisibles, es una compilación de varias microficciones escritas por Vega Gil. Muchas de ellas contadas a través de un tono humorístico, sardónico y que en el fondo deja entrever una melancolía profunda, en la que el autor pudo haber encontrado un consuelo en el arte (que es la música) y en el amor. 

En el libro son frecuentes las menciones de algunos lugares muy específicos de la Ciudad de México, que posiblemente Vega Gil frecuentó. Se habla de una casa en Coyoacán, un café del Centro Histórico, la calle de Hamburgo en la Zona Rosa y la Sala Nezahualcóyotl en el Centro Cultural Universitario.

Es interesante la manera en que están distribuidos los cuentos, ya que algunos de ellos son narraciones de apenas uno o dos renglones, mientras que otros, aunque no muy extensos, no superan las cuatro cuartillas. Por esta razón, pude terminar de leerlo en apenas una tarde, durante la cual lo disfruté bastante.

Es una pena no poder compartir el libro completo por este medio, pero al menos puedo ofrecer cinco de sus microficciones. Con ellas, espero contribuir a la preservación de la obra de tan talentoso artista.


Frases de una pareja triste

- ¿Oyes? Es nuestra canción.

- Sí, Una marcha fúnebre.


Trámite amoroso

—¿Qué requisitos debo cumplir para hacer el amor de tu vida?

—Pasa a la siguiente ventanilla.


Post apocalíptica

El día del juicio final, Dios tapó el Sol con un dedo.


Equis

Equis era tan mediocre que, cuando se vio en el espejo, quedó conforme.


Lo mejor para el final: si no te conmovió nada al leerla, es porque de plano traes algo bien roto adentro.

Dormir en el concierto

Antonio detestaba ir a los conciertos de domingo en la sala de Neza, allá en el esplendor del campus de CU. Él hubiera preferido mil veces más pagar por el espacio escultórico con sus nietos y tostar su rostro y brazos bajo el sol canicular. Pero su mujer había comprado los abonos de la temporada y nada había que hacer. Ella se ponía de gala; él siempre iba de guayabera en inocua sublevación. Y se preguntaba con incomodidad: ¿Por qué los directores de la sinfónica no escogían en sus repertorios algo de la vitalidad barroca de Bach o Händel para avivarlo? ¿Por qué interpretar siempre a esos estirados de Berlioz, Schumann o Brahms que lo hacían bostezar con su languidez presuntuosa?

Y es que, luego del bostezo, venía el irremediable cabezazo y, a continuación, los ronquidos. Su esposa ardía de vergüenza y lo agarraba a indiscretos codazos, a veces le conectaba un pellizco o dos pisotones. Antonio despertaba asustado, con un mareo que de golpe lo desubicaba en medio de un rugido de timbales y la escandalera de los cornos… Y sufría, sufría en la pequeña prisión de la butaca, con las manos y el rostro hormigueándole, con aquella involuntaria fuerza centrípeta que le sorbía los ojos rumbo al cerebelo y le clausuraba los parpados con dos pesas de plomo.

Un domingo de concierto, disuelta la madrugada en su vieja habitación de la casa de Chimalistac, su esposa no despertó. Seguiría dormida para siempre, tal y como él no podría hacerlo ya más.

El velorio y el funeral fluyeron con densidad de glicerina en una hipodérmica.

Esa semana, los hijos estuvieron junto a papá Antonio en periodos breves, escalonados. Sus cuñadas, que aullaban de pena, y los sobrinos, que contaban chistes en los pasillos, ya habían trazado para el miércoles una frontera de luto y lejanía. Llegado el jueves, Antonio envejeció de golpe y supo que estaba completamente solo, sin poder dormir ni de noche ni de día pues lo acosaban el peso húmedo del silencio, el hueco que había dejado su mujer en la cama, la cocina con sus hornillas heladas. El día viernes llegó, vuelto un tsunami de angustia, y para el sábado, Antonio vaticinó su pronta muerte.

Pero el domingo ocurrió algo fuera de programa. Sus hijos decidieron hacer una comilona exprés, tanto para consolar sus propios duelos como para acompañar urgentemente a papá. Pues temprano en la mañana, dos de ellos habían telefoneado con él y, por igual, notaron algo no recomendable. Antonio les dijo que sí, que no se preocuparan, ya los alcanzaría en el descampado de siempre en el Ajusco, pero antes tenía un quehacer.

Subió a su Ford 86, tomó por Insurgentes Sur y dobló al Centro Cultural Universitario. Se estacionó en la puerta 3 y bajó: frente a él, por un lado, estaba el senderito al espacio escultórico; por el otro, el andador que lo pondría frente a la Sala Nezahualcóyotl. Por puro reflejo, palpó una bolsa de su guayabera, encontró su abono y, sin pensarlo, se fue a la sala de conciertos.

Iban a dar la Quinta de Mahler.

Cuando llegó el adagio con su arpa milagrosa, Antonio sintió el fantasma del sopor fluyendo de su cabeza al centro de la nada. El insomnio había bajado la guardia y, en lugar de bostezar avergonzado y luchar contra los cabezazos, Antonio se acurrucó en la libertad de su butaca y se dejó vencer por el sueño. La música lo arrullaba con dedos suaves y tibios, y el paisaje onírico se presentó su esposa; lo abrazaba. Él recargó su cabeza en el pecho de senos generosos y durmió como nunca, con el privilegio de ser acompañado por el cobijo de una orquesta filarmónica, como un príncipe recostado en una cama maternal y mágica.

Los aplausos lo despertaron. Antonio sonrió y amó más que nunca a su esposa.

Ahora, todos los domingos se ve a un buen hombre que va a conciertos con el único propósito de dormir y soñar con su mujer, entre la caricia de los cellos y el oxígeno del oboe.

Antonio jamás volvió a roncar.