23 de octubre de 2025

Un viaje

Imagen del corto De cómo los niños pueden volar
Director(a)Gabriela Monroy
Año2005
Duración12 minutos
GéneroSuspenso

Premio Ariel 2005 al mejor cortometraje de ficción 

En muchos talleres de escritura y redacción es frecuente escuchar una misma queja: que muchos escritores ya no entrenan lo suficiente su capacidad de observar a las personas en la calle; que rara vez analizan sus gestos, sus miradas o se detienen a escuchar los detalles de sus vidas que se filtran entre sus conversaciones mundanas.

La habilidad de construir una vida interna en los personajes ha disminuido en muchas películas y series de los últimos años. Los guionistas noveles intentamos subsanar este defecto abusando de la exposición o de la voz en off, cuando en realidad un personaje bien trabajado puede transmitir muchísimo, incluso en las escenas en las que permanece en un aparente silencio.

Con el tiempo, he llegado a convencerme de que la directora y guionista Gabriela Monroy es una experta en observar desconocidos. Es más, sospecho que concibió la historia y los personajes de Un viaje (2005) gracias a uno o varios trayectos en el metro de la Ciudad de México.

No sólo porque el metro es un escenario dantesco y asfixiante donde a diario converge gente de todos los perfiles socioeconómicos, sino porque Un viaje fue producida en una época en la que las personas aún no tenían la costumbre de ensimismarse con sus pantallas cada vez que subían al transporte público —obvio, porque aún no se habían inventado.

Son pocos, pero valiosos, los detalles que conocemos sobre sus protagonistas: un padre soltero (Daniel Giménez Cacho) y su “hijo autista” (Mauricio Bueno). Este último tiene un grado de dependencia tan grande que su vida puede peligrar si se le deja solo por un instante.


Para cuando comienza la historia, el padre está visiblemente agotado. Basta mirar su rostro para imaginar el cansancio de ser el único guardián de una criatura que no puede ir al lavabo sin provocar un desastre ni dormir en su cama sin correr el riesgo de asfixiarse con las cobijas. Y, para empeorarlo todo, el niño es completamente indiferente al agotamiento que causa.

Casi parece justificarse la terrible decisión que el protagonista toma a la mañana siguiente: dejar solo a su hijo en una estación del metro elegida al azar.

A partir de ese instante, la historia de Un viaje adquiere un ritmo distinto, casi caótico. Mediante una dirección —y una actuación— impecables, se exterioriza el cambio en el sentir del padre, quien al inicio contiene sus impulsos de regresar por su hijo… hasta que un presentimiento terrible lo sacude.



Toda la información que he descrito hasta ahora se transmite de forma visual, pues en este corto no hay un solo diálogo, pero tampoco los necesita. Un viaje demuestra que el poder del cine radica en hacernos creer que estamos sintiendo los pensamientos de quien aparece en pantalla.

El desenlace es digno de un capítulo de Alfred Hitchcock presenta (1985). Cuando la tensión parece disiparse y el padre parece haber aprendido una lección tras la pesadilla vivida, se nos revela un elemento anunciado desde el inicio del corto: una ironía tremenda. Por eso resulta difícil interpretar la última expresión de Daniel Giménez Cacho; no es sólo confusión, sino algo mucho más profundo.