3 de julio de 2025

Los Simpson me gustaban por episodios como este

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De todos los personajes de Los Simpson, Ned Flanders es de los que peor ha envejecido.

No sólo porque el fanatismo religioso del personaje ha ido en aumento con el paso de las temporadas —vicio que dio pie al popular término «flanderización»—, ni porque, hasta ahora, sea el único personaje en toda la serie que ha enviudado dos veces; sino porque, desde hace mucho, dejó de ser gracioso.

Se que esto último podría decirse de muchos otros personajes, como Apu Nahasapeemapetilon, a quien los guionistas no han dado una sola participación activa desde hace casi diez años, tras el escándalo que desató un comediante de medio pelo y ascendencia india en torno a su acento

Pero con Ned Flanders es distinto: nunca ha sido objeto de controversia alguna.

No existe antecedente de que haya ofendido a alma alguna como para merecer quedar relegado a un segundo plano. Y tampoco se trata de un personaje de reciente creación —como, digamos, Kumiko Nakamura, la nueva esposa del Gordo de las Historietas—, a quien los guionistas actuales son incapaces de dar relevancia o personalidad.

¡No! Flanders es otra cosa; desde las primeras temporadas demostró ser un personaje sumamente versátil.

A veces, su participación se limitaba a uno o dos chistes por episodio, y muchas veces esos eran los más graciosos. ¿Quién no recuerda momentos tan nostálgicos como cuando Flanders salvó a Homero de un incendio en Homero, el hereje (temporada 4, episodio 3), o la curiosa confidencia que hizo al asistir a un grupo de Alcohólicos Anónimos en La promesa (temporada 4, episodio 16)?

 

En otras ocasiones, el personaje ha demostrado poseer suficientes matices como para ser el principal antagonista de episodios memorables.

Prueba de ello es Hogar, dulce hogarcirijillo (temporada 7, episodio 3), una trama tan enternecedora como cagadísima. Sin ánimo de spoilear su argumento, basta decir que Ned Flanders fue la mayor amenaza para la unión de la familia Simpson: a punto de bautizar al primogénito de la familia amarilla, provocó una escena tan exagerada (y graciosa) que, acompañada por la banda sonora, parecía el clímax de una película en la que se está por ejecutar a alguien.

Por todo esto, no creo que en toda la serie haya otro personaje igual de genial y capaz de provocar tanta risa, con la excepción de Charles Montgomery Burns.

Tal vez el episodio que mejor hace justicia a todos los aspectos de nuestro querido Ned sea Huracán Neddy (temporada 8, episodio 8), recordado por la escena pivotal en la que Flanders estalla frente a sus amigos y vecinos tras perder su casa —y su estabilidad mental—.


Aquel es uno de esos raros instantes que provocan incomodidad y enmudecimiento: pese al tono cómico inicial, lo que vemos en pantalla es el estallido de un hombre que, durante años, había construido la imagen de ser afable e incapaz de sentir enojo o resentimiento… hasta que descubrimos que no es así.

En momentos como ese, recuerdo una famosa frase de Patrick Rothfuss:

Existen tres cosas a las que todos los hombres sabios temen: el mar en una tormenta, una noche sin luna y la furia de un hombre gentil

El episodio Huracán Neddy también juega magistralmente con las expectativas, pues hasta entonces se sabía muy poco acerca del pasado de Flanders.

Uno habría imaginado que provenía de un hogar ultraconservador y asfixiante —acorde con su religiosidad—, algo casi tan espantoso como el que Stephen King retrató en Carrie (1974), la clásica novela de terror, sobre una adolescente telépata atormentada por una madre fanática.

Pero, en cambio, ¡sus padres eran beatniks! Una pareja con un estilo de vida bohemio y libertino, donde primaban el jazz, la poesía y las sustancias psicotrópicas.

 

A mi juicio, esa fue una de las mejores tomaduras de pelo que la serie nos ha hecho. Aunque es probable que muchos en Latinoamérica no lo captaran de inmediato, ya que la cultura beatnik fue un fenómeno breve y muy localizado en los Estados Unidos durante la década de los sesenta.

El desenlace de Huracán Neddy también es fabuloso. Consiste en una simple escena con Homero y Ned platicando… aunque no de forma natural: Ned viste una camisa de fuerza y ambos son vigilados por doctores. Sin embargo, la construcción misma de la secuencia es lo que me fascina.

Sabemos que Homero está allí porque el propio Flanders lo identifica como un agente de estrés, y durante toda la escena Homero no disimula su aburrimiento mientras recita los diálogos que le han preparado.

Poco después, la conversación toma un rumbo inesperado y se convierte en un breve monólogo que culmina cuando Flanders suelta una frase que, al parecer, llevaba años guardando:

FLANDERS: No me gusta el servicio de la oficina de correos; ya sabes, puras prisas. Entra, sale, entra, sale… Luego, con esas máquinas en el vestíbulo, son muy rápidas, nadie te ayuda… Se podría decir hasta que odio la oficina de correos… y a mis padres. ¡¡Beatniks mugrosos!!

Resulta evidente que el episodio busca mostrarnos que incluso los más santurrones tienen un punto de quiebre. Pero también —y esto lo admiro— el guionista Steve Young logró transmitir un segundo y valioso mensaje: hay personas que, sencillamente, saben sacar lo peor de nosotros. Y tal es el caso de Homero para Ned. 


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