21 de julio de 2025

De cómo los niños pueden volar

Imagen del corto De cómo los niños pueden volar
Director(a)Leopoldo Aguilar
Año2008
Duración7 minutos
GéneroFantasía

Ganador del sexto Concurso Nacional de Proyectos de Cortometraje (IMCINE)

 

Ay, mi niño pequeño

¿Por qué te fuiste así?

Me dejas aqui solita

No quiero estar sin tí.

 

Dentro de una casa en ruinas viven Marco, un chiquillo de no más de diez años, y su madre, una señora de mirada severa que recientemente ha enviudado.

Parece una mañana tranquila, aunque las cosas no pintan muy bien para la familia: les queda muy poco dinero, apenas un puñado de monedas, con las cuales la madre, resignada, sale a comprar algo de leche para su hijito.

Pese a todo lo anterior, Marco no parece muy afectado. De hecho, está profundamente inmerso en su juego de perseguir a un cuervo que ha descubierto acicalándose las alas en lo alto del árbol del patio.

Pronto, sin ninguna supervisión adulta de por medio, el pequeño Marco sube hasta el tejado de su casa, un sitio desde el cual puede estar a la misma altura que aquella ave de mal agüero. Allí descubre —de la forma más funesta posible— el modo en que él mismo podría obtener sus propias alas… y el altísimo precio que deberá pagar por ellas.

 


 

De cómo los niños pueden volar (2008) es un cortometraje con una historia simple pero agria, donde el único escenario que vemos —la casa— es un triste tugurio de paredes agrietadas y polvorientas, y donde los personajes no pronuncian una sola palabra.

Además, son escasos los detalles que conocemos sobre Marco y su familia, pero, por las vestimentas rurales, los enseres del hogar y la ambientación, se puede deducir que la historia está situada en los años de la Revolución Mexicana: una época que nuestro cine nacional ha retratado como un episodio que trajo miseria y dolor a las comunidades rurales.

La dirección de arte hace un espléndido trabajo con su paleta de colores ocres y sus fondos hechos en acuarela, así como en los diseños de personajes, los cuales tienen un curioso trazo tembloroso —quizá un poco parecido al de los personajes de Ed, Edd y Eddy (1999).

La banda sonora también cumple con creces, aunque me llevé una gran sorpresa al ver los créditos, pues el corto cierra con una canción interpretada por la cantante Lila Downs, quien además da “voz” (aunque no haya diálogos, sino sonidos guturales) a la madre de Marco.

La canción en cuestión cumple un papel clave dentro del cortometraje, ya que sus versos funcionan como una despedida final de Marco hacia su madre, a quien vemos desconsolada, cargando el cuerpo sin vida de su hijito al final de la historia.

No llore más mi mamá
No llore más así
Me voy volando contento
Me voy volando de aquí

Temáticamente, este corto guarda ciertos paralelismos con el mito de Dédalo e Ícaro: la antigua historia sobre un padre y su hijo que, deseando escapar de la isla de Creta, fabrican unas alas artificiales para poder volar. Sin embargo, el pobre Ícaro, al verse impresionado por las alturas que alcanzan las aves, muere al intentar darles alcance (y porque se derritió la cera que unía sus alas, ¡jo!).

Pienso, además, que en el caso del pequeño Marco, lo que obtuvo con sus “alas” fue librarse de aquel entorno tan lastimoso y abandonado. Pues, de cierta manera, al morir, su alma nunca dejará de ser la de un niño y, por ende, no desarrollará el entendimiento suficiente como para padecer lo mismo que ahora siente su madre, quien ha quedado como la única superviviente de la familia.

De cómo los niños pueden volar (2008) es, posiblemente, el mejor trabajo del director y guionista Leopoldo Aguilar, autor de una malograda filmografía compuesta por otros largometrajes animados como Isla Calaca (2017) o Escuela de miedo (2020), los cuales han recibido una muy negativa recepción en portales como IMDb o Metacritic, aunque han sido comercializados fuera de México.

 

No exagero... así es como les ha ido.
 

Un aspecto que, al menos yo, disfruto de su obra en general es su fascinación por los entornos fantásticos y sobrenaturales. Casi siempre los mezcla con comedia (con resultados azarosos), pero son historias que se dirigen claramente a niños y jóvenes: un público esencial para la formación de nuevas audiencias del cine nacional, aunque, por alguna razón, no se le dedican suficientes series ni películas.

Hasta ahora, el último largometraje de Leopoldo Aguilar ha sido la película animada en 2D titulada Bem y yo (2024), la cual ha participado en festivales de cine como el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) 2024 y el Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF) 2025. No obstante, aún no ha sido distribuida oficialmente en salas de cine.

De cómo los niños pueden volar (2008) puede verse de forma gratuita en plataformas como Nuestro Cine MX o Retina Latina.

 


3 de julio de 2025

Los Simpson me gustaban por episodios como este

CDN media

De todos los personajes de Los Simpson, Ned Flanders es de los que peor ha envejecido.

No sólo porque el fanatismo religioso del personaje ha ido en aumento con el paso de las temporadas —vicio que dio pie al popular término «flanderización»—, ni porque, hasta ahora, sea el único personaje en toda la serie que ha enviudado dos veces; sino porque, desde hace mucho, dejó de ser gracioso.

Se que esto último podría decirse de muchos otros personajes, como Apu Nahasapeemapetilon, a quien los guionistas no han dado una sola participación activa desde hace casi diez años, tras el escándalo que desató un comediante de medio pelo y ascendencia india en torno a su acento

Pero con Ned Flanders es distinto: nunca ha sido objeto de controversia alguna.

No existe antecedente de que haya ofendido a alma alguna como para merecer quedar relegado a un segundo plano. Y tampoco se trata de un personaje de reciente creación —como, digamos, Kumiko Nakamura, la nueva esposa del Gordo de las Historietas—, a quien los guionistas actuales son incapaces de dar relevancia o personalidad.

¡No! Flanders es otra cosa; desde las primeras temporadas demostró ser un personaje sumamente versátil.

A veces, su participación se limitaba a uno o dos chistes por episodio, y muchas veces esos eran los más graciosos. ¿Quién no recuerda momentos tan nostálgicos como cuando Flanders salvó a Homero de un incendio en Homero, el hereje (temporada 4, episodio 3), o la curiosa confidencia que hizo al asistir a un grupo de Alcohólicos Anónimos en La promesa (temporada 4, episodio 16)?

 

En otras ocasiones, el personaje ha demostrado poseer suficientes matices como para ser el principal antagonista de episodios memorables.

Prueba de ello es Hogar, dulce hogarcirijillo (temporada 7, episodio 3), una trama tan enternecedora como cagadísima. Sin ánimo de spoilear su argumento, basta decir que Ned Flanders fue la mayor amenaza para la unión de la familia Simpson: a punto de bautizar al primogénito de la familia amarilla, provocó una escena tan exagerada (y graciosa) que, acompañada por la banda sonora, parecía el clímax de una película en la que se está por ejecutar a alguien.

Por todo esto, no creo que en toda la serie haya otro personaje igual de genial y capaz de provocar tanta risa, con la excepción de Charles Montgomery Burns.

Tal vez el episodio que mejor hace justicia a todos los aspectos de nuestro querido Ned sea Huracán Neddy (temporada 8, episodio 8), recordado por la escena pivotal en la que Flanders estalla frente a sus amigos y vecinos tras perder su casa —y su estabilidad mental—.


Aquel es uno de esos raros instantes que provocan incomodidad y enmudecimiento: pese al tono cómico inicial, lo que vemos en pantalla es el estallido de un hombre que, durante años, había construido la imagen de ser afable e incapaz de sentir enojo o resentimiento… hasta que descubrimos que no es así.

En momentos como ese, recuerdo una famosa frase de Patrick Rothfuss:

Existen tres cosas a las que todos los hombres sabios temen: el mar en una tormenta, una noche sin luna y la furia de un hombre gentil

El episodio Huracán Neddy también juega magistralmente con las expectativas, pues hasta entonces se sabía muy poco acerca del pasado de Flanders.

Uno habría imaginado que provenía de un hogar ultraconservador y asfixiante —acorde con su religiosidad—, algo casi tan espantoso como el que Stephen King retrató en Carrie (1974), la clásica novela de terror, sobre una adolescente telépata atormentada por una madre fanática.

Pero, en cambio, ¡sus padres eran beatniks! Una pareja con un estilo de vida bohemio y libertino, donde primaban el jazz, la poesía y las sustancias psicotrópicas.

 

A mi juicio, esa fue una de las mejores tomaduras de pelo que la serie nos ha hecho. Aunque es probable que muchos en Latinoamérica no lo captaran de inmediato, ya que la cultura beatnik fue un fenómeno breve y muy localizado en los Estados Unidos durante la década de los sesenta.

El desenlace de Huracán Neddy también es fabuloso. Consiste en una simple escena con Homero y Ned platicando… aunque no de forma natural: Ned viste una camisa de fuerza y ambos son vigilados por doctores. Sin embargo, la construcción misma de la secuencia es lo que me fascina.

Sabemos que Homero está allí porque el propio Flanders lo identifica como un agente de estrés, y durante toda la escena Homero no disimula su aburrimiento mientras recita los diálogos que le han preparado.

Poco después, la conversación toma un rumbo inesperado y se convierte en un breve monólogo que culmina cuando Flanders suelta una frase que, al parecer, llevaba años guardando:

FLANDERS: No me gusta el servicio de la oficina de correos; ya sabes, puras prisas. Entra, sale, entra, sale… Luego, con esas máquinas en el vestíbulo, son muy rápidas, nadie te ayuda… Se podría decir hasta que odio la oficina de correos… y a mis padres. ¡¡Beatniks mugrosos!!

Resulta evidente que el episodio busca mostrarnos que incluso los más santurrones tienen un punto de quiebre. Pero también —y esto lo admiro— el guionista Steve Young logró transmitir un segundo y valioso mensaje: hay personas que, sencillamente, saben sacar lo peor de nosotros. Y tal es el caso de Homero para Ned. 


31 de diciembre de 2024

Cinco microficciones de Armando Vega Gil

 

 
Hace poco, después de la cena de Nochebuena, mi querida familia me regaló el libro de cuentos La ciudad de los ojos invisibles (2011), escrito por el genial músico y escritor Armando Vega Gil. Quien fue, por mucho, mi favorito de los tres botellos originales. 

Aunque todos los miembros de Botellita de Jerez son artistas cuya genialidad no se limita al ámbito del guacarock (Arau, por ejemplo, fue cineasta, y el Mastuerzo ha sido showrunner de televisión), el Currucucú (como también se le decía) destacó como un prolífico escritor que cultivó la poesía, el cuento, guion fílmico, la novela autobiográfica (y pacheca), e incluso realizó un cortometraje animado en colaboración con Arau. Al que por las dudas, descargué en caso de que youtube lo baje y corra el riesgo de volverse "lost media".


¡Pero no me desvío! La ciudad de los ojos invisibles, es una compilación de varias microficciones escritas por Vega Gil. Muchas de ellas contadas a través de un tono humorístico, sardónico y que en el fondo deja entrever una melancolía profunda, en la que el autor pudo haber encontrado un consuelo en el arte (que es la música) y en el amor. 

En el libro son frecuentes las menciones de algunos lugares muy específicos de la Ciudad de México, que posiblemente Vega Gil frecuentó. Se habla de una casa en Coyoacán, un café del Centro Histórico, la calle de Hamburgo en la Zona Rosa y la Sala Nezahualcóyotl en el Centro Cultural Universitario.

Es interesante la manera en que están distribuidos los cuentos, ya que algunos de ellos son narraciones de apenas uno o dos renglones, mientras que otros, aunque no muy extensos, no superan las cuatro cuartillas. Por esta razón, pude terminar de leerlo en apenas una tarde, durante la cual lo disfruté bastante.

Es una pena no poder compartir el libro completo por este medio, pero al menos puedo ofrecer cinco de sus microficciones. Con ellas, espero contribuir a la preservación de la obra de tan talentoso artista.


Frases de una pareja triste

- ¿Oyes? Es nuestra canción.

- Sí, Una marcha fúnebre.


Trámite amoroso

—¿Qué requisitos debo cumplir para hacer el amor de tu vida?

—Pasa a la siguiente ventanilla.


Post apocalíptica

El día del juicio final, Dios tapó el Sol con un dedo.


Equis

Equis era tan mediocre que, cuando se vio en el espejo, quedó conforme.


Lo mejor para el final: si no te conmovió nada al leerla, es porque de plano traes algo bien roto adentro.

Dormir en el concierto

Antonio detestaba ir a los conciertos de domingo en la sala de Neza, allá en el esplendor del campus de CU. Él hubiera preferido mil veces más pagar por el espacio escultórico con sus nietos y tostar su rostro y brazos bajo el sol canicular. Pero su mujer había comprado los abonos de la temporada y nada había que hacer. Ella se ponía de gala; él siempre iba de guayabera en inocua sublevación. Y se preguntaba con incomodidad: ¿Por qué los directores de la sinfónica no escogían en sus repertorios algo de la vitalidad barroca de Bach o Händel para avivarlo? ¿Por qué interpretar siempre a esos estirados de Berlioz, Schumann o Brahms que lo hacían bostezar con su languidez presuntuosa?

Y es que, luego del bostezo, venía el irremediable cabezazo y, a continuación, los ronquidos. Su esposa ardía de vergüenza y lo agarraba a indiscretos codazos, a veces le conectaba un pellizco o dos pisotones. Antonio despertaba asustado, con un mareo que de golpe lo desubicaba en medio de un rugido de timbales y la escandalera de los cornos… Y sufría, sufría en la pequeña prisión de la butaca, con las manos y el rostro hormigueándole, con aquella involuntaria fuerza centrípeta que le sorbía los ojos rumbo al cerebelo y le clausuraba los parpados con dos pesas de plomo.

Un domingo de concierto, disuelta la madrugada en su vieja habitación de la casa de Chimalistac, su esposa no despertó. Seguiría dormida para siempre, tal y como él no podría hacerlo ya más.

El velorio y el funeral fluyeron con densidad de glicerina en una hipodérmica.

Esa semana, los hijos estuvieron junto a papá Antonio en periodos breves, escalonados. Sus cuñadas, que aullaban de pena, y los sobrinos, que contaban chistes en los pasillos, ya habían trazado para el miércoles una frontera de luto y lejanía. Llegado el jueves, Antonio envejeció de golpe y supo que estaba completamente solo, sin poder dormir ni de noche ni de día pues lo acosaban el peso húmedo del silencio, el hueco que había dejado su mujer en la cama, la cocina con sus hornillas heladas. El día viernes llegó, vuelto un tsunami de angustia, y para el sábado, Antonio vaticinó su pronta muerte.

Pero el domingo ocurrió algo fuera de programa. Sus hijos decidieron hacer una comilona exprés, tanto para consolar sus propios duelos como para acompañar urgentemente a papá. Pues temprano en la mañana, dos de ellos habían telefoneado con él y, por igual, notaron algo no recomendable. Antonio les dijo que sí, que no se preocuparan, ya los alcanzaría en el descampado de siempre en el Ajusco, pero antes tenía un quehacer.

Subió a su Ford 86, tomó por Insurgentes Sur y dobló al Centro Cultural Universitario. Se estacionó en la puerta 3 y bajó: frente a él, por un lado, estaba el senderito al espacio escultórico; por el otro, el andador que lo pondría frente a la Sala Nezahualcóyotl. Por puro reflejo, palpó una bolsa de su guayabera, encontró su abono y, sin pensarlo, se fue a la sala de conciertos.

Iban a dar la Quinta de Mahler.

Cuando llegó el adagio con su arpa milagrosa, Antonio sintió el fantasma del sopor fluyendo de su cabeza al centro de la nada. El insomnio había bajado la guardia y, en lugar de bostezar avergonzado y luchar contra los cabezazos, Antonio se acurrucó en la libertad de su butaca y se dejó vencer por el sueño. La música lo arrullaba con dedos suaves y tibios, y el paisaje onírico se presentó su esposa; lo abrazaba. Él recargó su cabeza en el pecho de senos generosos y durmió como nunca, con el privilegio de ser acompañado por el cobijo de una orquesta filarmónica, como un príncipe recostado en una cama maternal y mágica.

Los aplausos lo despertaron. Antonio sonrió y amó más que nunca a su esposa.

Ahora, todos los domingos se ve a un buen hombre que va a conciertos con el único propósito de dormir y soñar con su mujer, entre la caricia de los cellos y el oxígeno del oboe.

Antonio jamás volvió a roncar.