¡Me encantó! Fue una forma muy peculiar de explicar que a José Agustín se le consideraba un crack o una leyenda viviente. Pero también es una precaución muy sutil, pues desde los años de la literatura de la onda hasta la época actual —la era del smartphone—, muchísimas cosas han cambiado. Y es posible que aquellos pasajes contraculturales, que hablaban de fiestas, drogas, música rock y adolescentes con vida sexual precoz, ya no cuajen tanto con los lectores de ahora.
Ojo, esto no es porque dichos temas hayan perdido su relevancia o atractivo para los más hormonales; ¡qué va!, ahora son glorificados con series y novelas del tipo 13 Reasons Why (2017) o Euphoria (2019), pero aquellas son obras que destilan una ingenuidad, mimo y melodrama, que los ‘onderos’ —como se les llamaba a los autores de la ‘literatura de la onda’— hubieran tachado de ser viles fresadas. ¡Y con qué razón!
Hoy en día, existe un ojo más crítico y censurador para el arte. No hay espacio para los errores humanos; los autores tienen una obligación impuesta por sus lectores y editores, de ser paladines del orden y la corrección política. Ni siquiera se salvan los textos de autores más inofensivos, como sucedió en 2023, cuando la editorial Puffin anunció que los libros del autor infantil Roald Dahl serían salvajemente editados.
Con las novelas de José Agustín lo mismo podría suceder. Sus dos primeras novelas, La tumba (1964) y De perfil (1966), contienen capítulos y diálogos bastante controvertidos. Hay incesto, abuso y hasta violencia verbal. No sería descabellado que algún editor futuro viese esto como una molestia a la que habría que editar y corregir, sin reparar en las otras virtudes que tienen.
Sin valorar tampoco, que sus otras novelas y cuentos, convierten el escenario de la vida diaria de la Ciudad de México, para hacerlo un sitio de idilios, desmanes y desventuras. Tal como sucede en el cuento Cuál es la onda (1968), que trata sobre una muchacha que pasea de motel en motel con un jazzista llamado Oliveira —un guiño a Julio Cortázar—. Ni tampoco en el sentimiento indigenista y hasta educativo que imprimen novelas como La panza del Tepozteco (1992), donde unos adolescentes que visitan Tepoztlán, conocen a las deidades del antiguo Tenochtitlán... No reconocer, con malicia, el talento de un escritor, es un modo de ser ignorante.
"Érika se maldecía al pensar que nunca había sabido gran cosa de los dioses aztecas, era algo de lo que casi nadie hablaba, en la escuela menos, ¿Por qué, se decía, si estaban en México, si ésos habían sido los dioses de sus antepasados, de sus tatarabuelitos o bisabuelitos, de sus remotísimos ancestros?"
La panza del Tepozteco (fragmento)
Así que visto de este modo resulta muy curioso, pues a José Agustín le tocó ser el primero de los ‘onderos’ en debutar, pero en cuanto a colgar los tenis, le tocó ser el último. Como si la suerte le hubiese encomendado ser entre su generación, el que escribiera el prólogo, el primer capítulo, y también, el punto final.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario