20 de enero de 2024

Adiós, vaquero: una despedida al maestro José Agustín.

Hace unos años salió otra nueva edición de los cuentos completos de José Agustín, que abre con un curioso prólogo de Luis Humberto Crosthwaite, sobre un forajido sin nombre que sale en búsqueda del maestro —descrito como un temible gatillero— en medio de un paisaje inspirado en una película del viejo oeste:

"El chérif (sic) nunca tuvo una buena oportunidad. Llegó a la cantina con la intención de mostrarle al joven forajido que en un pueblo como Cuautla no hay lugar para ese tipo de violencia; pero una bala le traspasó el corazón con la certeza de un poema de amor en la novia anhelada.

El forajido no quiere saber de inútiles cherifes (sic). Viene solo por un hombre, por ese tal José Agustín, de quien se ha dicho que es y siempre será el gatillero más rápido del oeste.

—Díganle que quiero verlo— grita a los parroquianos que huyen después del asesinato—. Díganle que no se ande escondiendo, que ya he leído sus cuentos completos y vengo a decirle lo que pienso de ellos."

Prólogo de Cuentos Completos (fragmento)

¡Me encantó! Fue una forma muy peculiar de explicar que a José Agustín se le consideraba un crack o una leyenda viviente. Pero también es una precaución muy sutil, pues desde los años de la literatura de la onda hasta la época actual —la era del smartphone—, muchísimas cosas han cambiado. Y es posible que aquellos pasajes contraculturales, que hablaban de fiestas, drogas, música rock y adolescentes con vida sexual precoz, ya no cuajen tanto con los lectores de ahora.

Ojo, esto no es porque dichos temas hayan perdido su relevancia o atractivo para los más hormonales; ¡qué va!, ahora son glorificados con series y novelas del tipo 13 Reasons Why (2017) o Euphoria (2019), pero aquellas son obras que destilan una ingenuidad, mimo y melodrama, que  los ‘onderos’ —como se les llamaba a los autores de la ‘literatura de la onda’— hubieran tachado de ser viles fresadas. ¡Y con qué razón!


Hoy en día, existe un ojo más crítico y censurador para el arte. No hay espacio para los errores humanos; los autores tienen una obligación impuesta por sus lectores y editores, de ser paladines del orden y la corrección política. Ni siquiera se salvan los textos de autores más inofensivos, como sucedió en 2023, cuando la editorial Puffin anunció que los libros del autor infantil Roald Dahl serían salvajemente editados.

Con las novelas de José Agustín lo mismo podría suceder. Sus dos primeras novelas, La tumba (1964) y De perfil (1966), contienen capítulos y diálogos bastante controvertidos. Hay incesto, abuso y hasta violencia verbal. No sería descabellado que algún editor futuro viese esto como una molestia a la que habría que editar y corregir, sin reparar en las otras virtudes que tienen.

Sin valorar tampoco, que sus otras novelas y cuentos, convierten el escenario de la vida diaria de la Ciudad de México, para hacerlo un sitio de idilios, desmanes y desventuras. Tal como sucede en el cuento Cuál es la onda (1968), que trata sobre una muchacha que pasea de motel en motel con un jazzista llamado Oliveira —un guiño a Julio Cortázar—. Ni tampoco en el sentimiento indigenista y hasta educativo que imprimen novelas como La panza del Tepozteco (1992), donde unos adolescentes que visitan Tepoztlán, conocen a las deidades del antiguo Tenochtitlán... No reconocer, con malicia, el talento de un escritor, es un modo de ser ignorante.

"Érika se maldecía al pensar que nunca había sabido gran cosa de los dioses aztecas, era algo de lo que casi nadie hablaba, en la escuela menos, ¿Por qué, se decía, si estaban en México, si ésos habían sido los dioses de sus antepasados, de sus tatarabuelitos o bisabuelitos, de sus remotísimos ancestros?

 

 La panza del Tepozteco (fragmento)

Pero fuera de estas cuestiones. La obra de José Agustín tiene la suerte de contar con más vigencia que la de sus contemporáneos. Ya que ahora, después de sesenta años de haber debutado, se sigue editando, comentando y compartiendo. Muy lejos del olvido que han sufrido obras —también maravillosas— como Gazapo (1965) de Gustavo Sainz, El rey criollo (1970) de Parménides García Saldaña o Chin Chin el teporocho (1971) de Armando Ramírez.

Así que visto de este modo resulta muy curioso, pues a José Agustín le tocó ser el primero de los ‘onderos’ en debutar, pero en cuanto a colgar los tenis, le tocó ser el último. Como si la suerte le hubiese encomendado ser entre su generación, el que escribiera el prólogo, el primer capítulo, y también, el punto final.



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