Se me ocurre una manera: citando uno de los poemas (¿o poemínimos?) que más admiro de José Emilio Pacheco:
Página blanca
Página blanca al fin
Todo es posible.
Esto fue publicado en su tercer poemario, No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969). Por mucho, su libro más pesimista y crítico del mundo, donde el único consuelo para su dolor e impotencia es la existencia de la propia poesía. Aunque está claro que no es perfecta.
Incluso el propio autor reafirma esto con otro de sus versos al describir a la poesía como: "un arte que pocos leen y al parecer muchos detestan".
¡Qué curioso! Con los blogs escritos pasa algo similar, ya casi nadie los lee o escribe. Son también un rezago, una curiosidad de otro tiempo (pensemos que en internet, todo avanza más rápido, en menos años).
Pero también tiene su lado amable. No hay que pagar tinta, impresiones ni hojas, ¡nada! Sólo se necesita internet y un teclado. En la pantalla siempre está presto un lienzo que también es en sí mismo una hoja blanca —o gris, si estás usando el modo nocturno—.
Al menos para mí, eso es un terreno mucho más amplio e inexplorado que las fotos de Instagram, los videos de TikTok o incluso las larguísimas transmisiones por Twitch, que más que redes sociales, parecen una cadena a la que todos se aferran. Ya sea para validar algún sentimiento de pertenencia, ya sea para destacar por una fuerte necesidad de refuerzo de atención: bagatelas que son para estas nuevas (de)generaciones, necesidades tan vitales como el agua.
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